sábado, 31 de diciembre de 2011

Superhéroes

Desde pequeño mi vida ha estado llena de superhéroes de cómics y guerreros nipones de otras galaxias. Al igual que en un juego de rol eliges de bando al comienzo de la partida, en algún momento de mi infancia me decanté por el bando de los anti-héroes. Era de los que hubiera sido feliz siendo el becario de Darth Vader o el personal shopper del príncipe Vegetta. Con tal organigrama intergaláctico en mi cabeza, no era de esperar que hoy en día al abrir mi armario el único color distinto al negro visible sea el de las puertas blancas.

Pero la vida te va dando pequeños zarpazos, al igual que un gatito se levanta juguetón una mañana de primavera y juega con su ovillo de lana favorito. Ya no quiero ser ese becario de anti-héroe, me siento con fuerzas para ser yo mismo uno de ellos. No obstante, ni quiero tener la habilidad de regenerarme, ni la de volar, ni la de ponerme más verde que un pepino y aplastar todo a mi paso. No quiero salvar al mundo, ni siquiera a las personas que me rodean. Yo sólo quiero salvarme a mí mismo; no del doctor Muerte, ni de algún otro villano estelar. Quiero vencer a la monotonía, a ese suspiro monocromo que se acerca sigilosamente y te hipnotiza al igual que el "Para Elisa" que suena en los hilos musicales de muchas empresas mientras te mantienes paciente a la espera.

No sé qué poder elegiríais, pero yo cada día lo tengo más claro; yo quiero poder soñar.

Juegos Prohibidos

Existen diversiones no aptas para todos los públicos. Más allá de las limitaciones impuestas por nuestro caparazón físico, hay juegos vetados a los humanos.

A modo de ejemplo, os contaré como pasé la tarde de ayer, empezando por cómo no la pasé. No hubo caricias ni te quieros. Tampoco pensamientos sinceros. No recuerdo haber saludado, tampoco haberme despedido. Sé que de los dos caminos posibles, elegí el tercero. Allí estabas, señalando el jardín. Juguemos dijiste, juguemos sin fin. Me pareció extraño que me pidieras quedarme en una esquina, y marcharas tú a la otra. Te busqué por todo el jardín, mas no te encontré por ningún rincón. Tuve que ayudarme de tu agria risa para encontrarte. ¿Qué haces en la copa de ese arbol alzada? ¡Eso no vale! Sí vale, dijiste. Aquí vale todo lo que nada vale. En las ramas de los árboles corrías, mientras yo intentaba seguirte torpemente. Nunca sabré si caíste a la fuente consciente, o fue otra de esas mágicas coincidencias que tanto se repiten últimamente. El caso es que como por arte de magia te desvaneciste, tuve que adentrarme en su seno para a mi lado volver a no-sentirte. No tuve tiempo a preguntar dónde estábamos, ya te habías adelantado y tus labios bloqueaban los míos. Tampoco sabré si era de mí, o de los primeros rayos de sol de quien huiste, de cualquier manera tu característica acidez siguió comiéndome los labios hasta derretirme.

Siendo sincero, no estoy del todo seguro que ésto me ocurriera realmente. Lo único que sé con certeza, es que desde entonces vagaré en sueños a uno y otro lado de la fuente, esperando volver a comerte.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Bailando con ogros

Ya lo han hecho otros con el fondo marino, con los lobos ibéricos, ahora les toca a los ogros. Demos una serie de pautas para tratar con estos extraños seres.

En primer lugar, no te sorprendas cuando le preguntes a un ogro qué tal está y te conteste con un color. Es muy típico en ellos; ¿Qué tal Sr. Ogro? -Pues he empezado el día muy magenta pero me estoy poniendo de un cyan...

No intentes quedar a una hora humana con un ogro. Los ogros no tienen tal concepto del tiempo, ellos lo calculan con besos. Así pues, es normal que si preguntas a un ogro cúanto tiempo hace que no come hojas de almendro te contesté: 534 besos.

Los números. ¡Ay qué lío tienen los ogros con los números, y cuánto les gustan! Odian la manía humana de usar siempre expresiones como: He ido a tal sitio 1000 veces, cientos de veces. No, un ogro rara vez usará números enteros. No te asustes si ves a un ogro llegar a tu tienda de mariposas gigantes y te pide raíz de 2 de estos maravillosos seres alados.

Pero no todo son excentricidades, en invierno por ejemplo, te encantará tener un ogro cerca para dar un paseo, sobretodo si vas de sus calentitas manos. Eso sí, vuelve pronto a casa, cuentan las leyendas que nadie ha vuelto con vida de la cueva de un ogro más allá de los 115,65 besos después de medianoche.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Ya todo da igual

Deléitate con estas letras rizos de oro. Deléitate igual que yo lo hice con tu pelo, con tus ojos y sobretodo con tus labios.

¿Una despedida querías? Aquí la tienes. Irónico ¿verdad? Sí, irónico, pues nunca me diste la oportunidad de darte la bienvenida. Irrumpiste sin cita previa, y no buscabas una receta para un dolor de corazón pasajero, no, quisiste el hospital para ti entero.

Hubo un antes que ti, no habrá un después. Has congelado mi tiempo, y con él nuestros recuerdos.

Déjame marchar en paz Belle. Te lo he entregado todo, ya no me queda nada. Sé feliz. Y no dejes de bailar nunca en nuestra hoguera, esa que sólo calienta en nuestros sueños.

iLusiones

Que no me haga ilusiones dices. Fantástico, sí, me parece fantástico, igual de fantástico que esos planetas a los que fuimos de la mano tras abrirme la puerta de la celda monócroma en la que estaba encarcelado. ¿Cómo después del baño de colores que nos hemos dado noche tras noche, me pides que no me ilusione? ¿A qué llamas ilusión si no a ésto? Deshazte de mí si quieres, pero búscate una excusa mejor, no pretendas llenar mi mundo de colores y pedirme que siga viéndolo luego en blanco y negro. En realidad te entiendo, y sé que tú me entiendes, es al mezclarnos cuando dejamos de entender. Y como sé que no vamos a dejar de mezclarnos, nunca entenderé porque no nos llegamos a entender. ¿Entiendes lo que quiero hacerte entender?

domingo, 25 de diciembre de 2011

Sin rumbo

Es curioso como me he adaptado a prácticamente todo desde que llegue a Madrid. A su temperatura, su transporte público, su mal gusto al elegir equipo de fútbol. Y sin embargo, hay algo a lo que me resisto: a caminar a su ritmo. Pero me resisto inconscientemente, sin hacer fuerza. No es que tenga nada en contra de su velocidad de desplazamiento, algo precipitada para mi gusto eso sí, pero es que no tengo motivos para cambiar mis coordenadas x,y,z con tal rapidez. ¿Por qué? Porque nunca tengo un destino marcado, cómo pretendes que tenga prisa por llegar a un sitio, que ni siquiera sé donde está. Pero esa no es la cuestión, la cuestión es: ¿sabe realmente toda esa gente adónde quiere llegar? Y si lo saben, ¿de dónde sacan las fuerzas para seguir caminando sabiendo qué hay al final del camino?

¿Bailamos?

-¿Bailamos?
-¿¡Qué!?
-Que si bailamos. Estoy aburrida.
-Debes estar loca. Llevo toda la tarde bailando. Ahora me apetece descansar.
-¡Pero si no has salido en todo el fin de semana de la cama!
-Y sin embargo mi mente lleva 48 horas danzando en lejanas nebulosas. Hasta que no aprendas a bailar sin tu cuerpo, no me molestes más. Cierra la puerta al salir.
-¿Qué puerta? Las estrellas ni salen ni entran. Ni llegan ni se van. ¿Para qué iba a necesitar puerta?
-Oh, vaya...disculpa. ¿Bailamos?


El primer post de éste, sin-sentido-blog, se lo quiero dedicar a Rebeca por sus ayudas audiovisuales, sino pasaría la eternidad escribiendo en una vieja libreta. Thanks!