domingo, 8 de enero de 2012

Maletas a medio hacer

Aún recuerdo mi primer día aquí. Una pequeña maleta con no más de una docena de prendas. Mis sueños por el contrario no cabían siquiera en el Boeing que me elevó sobre las nubes durante poco menos de dos horas y media. No sé qué me pareció más ajeno y extraño, si la manera en que los habitantes de esta ciudad pronunciaban aquellas consonantes que yo llevaba tantos años aspirando para luego convertirlas en figuras de humo, o el haber llegado desde las costas africanas y sentir lo que es el calor por primera vez.

Junio. Incluso si no tuviera este molesto y viejo amigo dolor de cabeza en estos instantes, sería capaz con no excesivo esfuerzo de recordar el día exacto. Y no, éste no es el comienzo de lo que han sido estos 2 años y medio de mi vida, aunque con sólo prununciar un nombre, el suyo, resumiría 30 meses en 6 letras.

Tan sólo quiero demostraros la periodicidad con la que los dioses nos maldicen a algunos de nosotros. Solo llegué una calurosa tarde-noche del primer mes de verano y solo me encuentro en esta fría tarde de Enero 920,5 lunas después. La soledad no es algo que debierais buscar, ya se encarga ella de encontrarte y abrazarte como haría un calamar gigante con la primera de sus miles de crías.

Hablando de sueños comencé este post y diciendo que aún no he cumplido ni un sexto de ellos lo acabo. Eso sí, dejo la puerta abierta para aquel al que interese saber lo que me han regalado todas estas noches madrileñas.

domingo, 1 de enero de 2012

El castillo

El pequeño Lázaro esperaba cabizbajo frente al gran portal forjado, a recibir una señal de otro mundo.
- ¿A qué esperas?, le preguntó el viento del sur. - Asalta el castillo, ¿no es eso lo que tanto tiempo llevas persiguiendo?
Tembloroso, Lázaro empujó una de las dos partes del portal y se adentró en un oscuro y lúgubre jardín, plagado de gruesas enredaderas. A cada paso que daba, se sentía más fuerte, más capaz. No tardó en llegar al imponente muro de piedra que servía de muralla al castillo. Frenó en seco. Las enredaderas se acercaban como sigilosas serpientas desde todas direcciones.
-No vaciles, si no te enfrentas a tus miedos ahora, quizás no vuelvas a tener otra oportunidad como ésta, le gritó el viento del Norte, mientras las enredaderas ya alcanzaban sus pies.
Lázaro, sin moverse del lugar, alzó su mano izquierda hacia el pórtico que conducía al interior del castillo. No había llegado a tocarlo cuando paró el avance de su mano. Permanecía inmóvil, congelado, estático. Las enredaderas ya cubrían sus piernas, no dejaban de trepar. Pero Lázaro sonreía, ya en el castillo no le hacía falta entrar. Al ver esta mueca de felicidad en su rostro, las enredaderas cesaron en su empeño por devorarlo y ante él, el castillo desapareció sin dejar ningún rastro. Tan solo los silbidos del viento hacían eco de los miedos que dicho castillo albergó en su interior antaño.

Renace Lázaro.