domingo, 1 de enero de 2012

El castillo

El pequeño Lázaro esperaba cabizbajo frente al gran portal forjado, a recibir una señal de otro mundo.
- ¿A qué esperas?, le preguntó el viento del sur. - Asalta el castillo, ¿no es eso lo que tanto tiempo llevas persiguiendo?
Tembloroso, Lázaro empujó una de las dos partes del portal y se adentró en un oscuro y lúgubre jardín, plagado de gruesas enredaderas. A cada paso que daba, se sentía más fuerte, más capaz. No tardó en llegar al imponente muro de piedra que servía de muralla al castillo. Frenó en seco. Las enredaderas se acercaban como sigilosas serpientas desde todas direcciones.
-No vaciles, si no te enfrentas a tus miedos ahora, quizás no vuelvas a tener otra oportunidad como ésta, le gritó el viento del Norte, mientras las enredaderas ya alcanzaban sus pies.
Lázaro, sin moverse del lugar, alzó su mano izquierda hacia el pórtico que conducía al interior del castillo. No había llegado a tocarlo cuando paró el avance de su mano. Permanecía inmóvil, congelado, estático. Las enredaderas ya cubrían sus piernas, no dejaban de trepar. Pero Lázaro sonreía, ya en el castillo no le hacía falta entrar. Al ver esta mueca de felicidad en su rostro, las enredaderas cesaron en su empeño por devorarlo y ante él, el castillo desapareció sin dejar ningún rastro. Tan solo los silbidos del viento hacían eco de los miedos que dicho castillo albergó en su interior antaño.

Renace Lázaro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario