Aún recuerdo mi primer día aquí. Una pequeña maleta con no más de una docena de prendas. Mis sueños por el contrario no cabían siquiera en el Boeing que me elevó sobre las nubes durante poco menos de dos horas y media. No sé qué me pareció más ajeno y extraño, si la manera en que los habitantes de esta ciudad pronunciaban aquellas consonantes que yo llevaba tantos años aspirando para luego convertirlas en figuras de humo, o el haber llegado desde las costas africanas y sentir lo que es el calor por primera vez.
Junio. Incluso si no tuviera este molesto y viejo amigo dolor de cabeza en estos instantes, sería capaz con no excesivo esfuerzo de recordar el día exacto. Y no, éste no es el comienzo de lo que han sido estos 2 años y medio de mi vida, aunque con sólo prununciar un nombre, el suyo, resumiría 30 meses en 6 letras.
Tan sólo quiero demostraros la periodicidad con la que los dioses nos maldicen a algunos de nosotros. Solo llegué una calurosa tarde-noche del primer mes de verano y solo me encuentro en esta fría tarde de Enero 920,5 lunas después. La soledad no es algo que debierais buscar, ya se encarga ella de encontrarte y abrazarte como haría un calamar gigante con la primera de sus miles de crías.
Hablando de sueños comencé este post y diciendo que aún no he cumplido ni un sexto de ellos lo acabo. Eso sí, dejo la puerta abierta para aquel al que interese saber lo que me han regalado todas estas noches madrileñas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario