Estiró el brazo, tanteó en el lado opuesto de la cama buscando el tacto del cuerpo de su marido. Somnolienta se giró, y comprobó que no había nadie más en la cama. El espacio donde ella esperaba encontrarle durmiendo, aún conservaba algo de su calor corporal. Apoyó el brazo en el espacio vacío, y con la palma hacia abajo acarició las sábanas, suspirando. Años atrás, se habría levantado inmediatamente, le habría buscado por toda la casa, pero ya se había acostumbrado a la distancia que él había interpuesto entre ambos. Esta ausencia del lecho, a pesar de ser un nuevo síntoma, sólo era una muestra más de lo lejos que orbitaban el uno del otro.
A la mañana siguiente, regenerada quizás por el radiante sol que invadía la casa, quiso hablar sobre lo que había sucedido la noche anterior. Esperó en la mesa de la cocina, haciendo remolinos con la cuchara en un café cargado en exceso. Al cabo de un rato, oyó la puerta principal abrirse, y los pasos agitados de su marido entrando al salón. Amanecía. Le llamó, no quiso dejar al azar tirar sus dados y darle la posibilidad de que se fuera directo a la habitación, a su estudio o a cualquiera de las muchas otras habitaciones de la casa. Él entró en la cocina, con un semblante oscuro, agitado, lleno de angustia. Sudaba visiblemente, la respiración entrecortada. Sin mediar palabra se sirvió un vaso de agua, dejando el grifo abierto, con la mirada perdida a través del amplio ventanal que daba a la montaña. El sonido del agua a presión inundaba la sala, haciendo de cortina entre acto y acto. Pero no hubo conversación, ella ya había agotado su paciencia y sabía que era inútil intentar dialogar con él en ese estado. Sin embargo, esta vez notó algo distinto, algo perturbador en la atmósfera que rodeaba a su marido, era como si la propia sombra que proyectaba se apoyara sobre él, oprimiéndole, asfixiándole. Terminó su café, y salió de la cocina en silencio, cabizbaja y apesadumbrada. Un estado de ánimo ya constante en su día a día.
Los días transcurrían lentos en aquel lugar. Acostumbrada a tantos años de ajetreo sistemático en la ciudad, la vida en el pueblo aún le era extraña. Su lento ritmo le era en ocasiones hostil. No tenía mucho trato con los habitantes locales, y no había día en el que no se arrepintiera de haber tomado la decisión de mudarse a aquella vieja casa. Una inesperada herencia, de un pariente lejano de su marido del que nunca antes había oído hablar, les había dado, como a él le gustaba llamarlo, una segunda oportunidad. No podía evitar sonreír cínicamente al reproducir en su mente esas palabras. Nunca creyó en las segundas oportunidades, si bien aceptó, fue por zanjar cuanto antes lo que desde un comienzo estaba destinado al fracaso. Un matrimonio basado en una amistad adolescente, que terminó por derrumbarse con la pérdida de su hija de cuatro años el anterior invierno. Qué diferente habría sido todo si ella aún siguiera con nosotros, pensó. Dulce ángel, que alegría te llevaste, cuanta tristeza dejaste. Descansa en paz.
Absorta en tristes recuerdos, y caminando sin rumbo fijo pues ya conocía de sobra las pequeñas ventas del pueblo donde compraba a diario, llegó al viejo molino. Situado al límite sur del pueblo, entre espesos arbustos, se encontraba el antiguo edificio, donde en la actualidad, gracias a varios remiendos mecánicos, aún se seguía moliendo grano. El tendero, un hombre de avanzada edad, serio y escasamente comunicativo, la saludó en un tono poco habitual en él, sonriente, como si quisiese comenzar una conversación. No hace falta en ningún pueblo, repetir el mismo pedido que haces semanas tras semana a ningún mercader local, si bien ella, aún acostumbrada a las frías costumbres de la ciudad, lo repetía como un autómata averiado.
El tendero seguía sonriendo, misteriosamente. Se giró, y depositó el saco con el grano molido, exactamente medio kilo, previamente mezclado, ya lo tenía preparado, como si la estuviera esperando. Ella pagó, y cuando disponía a marcharse el tendero la abordó sin delicadeza; y la historia que le contó, le heló la sangre. Una mezcla de folklore, maldad arcaica y supersticiones populares se mezclaban en aquel cuento de portales a reinos prohibidos. Sólo escuchó, ni siquiera se despidió al oír terminar aquel cuento que no podía tener otro fin que el de asustar a los niños. Muy probablemente, le había tocado a él transmitirlo a los nuevos habitantes de la ciudad. Si bien ya no eran niños, pensarían que la inocencia cosmopolita no les iba a proteger de los terroríficos cuentos populares. Salió del molino, sonriendo para ahuyentar de la mente del tendero el triunfo de que la historia había calado. Pero la realidad era otra; notaba como una extraña y sombría idea comenzaba a germinar en su mente.
Gélida madrugada. No sólo se abrieron sus ojos de par en par, sin sobresalto alguno, como por efecto de una alarma biológica programada, sino que además su cerebro gozaba de una lucidez asombrosa para la hora que era. Una noche más, se encontraba sola en la cama. Se vistió, no era una noche especialmente fría, aunque en aquella zona las temperaturas siempre rondaban los cero grados. Tras ponerse el calzado, caminó despacio por la casa, como temiendo despertar a quien era obvio, no dormía. Entró en todas las habitaciones, sólo para confirmar lo que ya temía: su marido no estaba en ningún lugar de la casa. Pero, ¿dónde podía estar?
Estaba inquieta, algo le angustiaba. Se dirigió a la cocina para tomar algo que la relajara, una infusión quizás. En su cabeza, ideas febriles se mezclaban, de pronto las palabras del tendero la asaltaron. Comenzó de manera irracionalmente ágil a asociar las palabras de la historia con la imagen del rostro torturado de su marido esa misma mañana. ¿Había alguna siniestra relación entre el insomnio de su marido y la puerta de esa historia maldita? Sin posibilidad alguna de diálogo con su marido, y mucho menos con los lugareños. ¿Cómo averiguarlo? Por unos instantes, la idea de abandonar aquel pueblo, aquella casa, y todo lo que representaba en su actual vida sentimental se presentó como la opción más inmediata. Una vía de escape a un desenlace inevitable. Imaginándose partir estaba, cuando se fijó en el barro seco de las pisadas que había en la cocina, al lado del fregadero, justo donde su marido esta mañana se había servido el vaso de agua. Las siguió, como sonámbula, venían de la puerta principal, justo el recorrido que él había hecho al llegar. Y en ese instante, la tenebrosa idea que llevaba gestándose todo el día en su interior, brotó. No entendía cómo, ni por qué, estaba súbitamente convencida de que su marido se hallaba en las inmediaciones de la puerta del relato. Hizo memoria, recitó en voz alta la historia del molino para no perder ningún detalle. La puerta verde de la antigua sala de máquinas del estanque de los jardines reales. Sin pensárselo, cogió su abrigo, cambió de calzado y salió de la casa.
Los jardines reales, un capricho de la realeza del siglo XVIII, estaban a escasos diez minutos a pie de la casa. Si bien cerraban al público a media tarde en invierno, casualmente ella y su marido, en uno de esos paseos iniciales al llegar al pueblo, habían encontrado una apertura en una de las vallas que permitía el paso de una persona adulta. Fue por allí que entró, y al levantar la vista vio la estatua de un iracundo dios Neptuno, dirigiendo su tridente hacia ella, premonitoriamente. No hizo caso de las señales que su imaginación maquinaba, y comenzó a subir por el único camino que conocía, el que de vegetación más densa estaba poblado. De día, este paseo constituía para ella un manantial de aire fresco y libertad, además de una fuente de inspiración para su gran pasión, la música. De noche, veía caras diabólicas en cada tronco que observaba. La niebla espesa, le hacía caminar despacio, pero sus ansias por desvelar si la pesadilla en la que estaba sumergida era sólo fruto de una sugestión exagerada le hacían aumentar el ritmo, llegando incluso a tropezar en varias ocasiones.
El terreno, con una pendiente natural que aprovecharon los diseñadores del jardín para garantizar la presión en fuentes y el riego en los jardines, se hacía más pronunciado a medida que se llegaba al estanque principal, justo al límite de la entrada al bosque. No había terminado de remontar esta pendiente, cuando el imponente reflejo de la luna sobre el estanque, le cegó la visión, le nubló el alma. Una luna más grande de lo normal, de un color verdoso inusual. Obviamente, en tal estado, no era capaz de discernir qué era real, y qué no. Levantó la vista, y al final del reflejo, al otro lado del estanque, se hallaba el cuarto de máquinas, con su doble puerta verde. Una de las hojas, abiertas de par en par, sin proyectarse ninguna luz desde su interior. No le sorprendía, ¿ para qué si no había emprendido esa marcha fúnebre por los jardines? A medida que bordeaba el estanque, acercándose a la puerta, observó que la niebla hacía un extraño efecto frente a la misma. En lugar de seguir la dirección del viento, la niebla se arremolinaba y hacía extrañas figuras en toda esa fachada. Su mente terminó de desconectar del mundo racional, cuando a pocos metros de la puerta, creyó oír risas de niños jugando. Imposible, que esto termine ya, entremos en la nave, y acabemos de una vez este descenso onírico. Caminó ágilmente, el corazón bombeando arrítmico, la sangre helada, picada del miedo a lo que pudiera encontrar.
Y entró, abandonando para siempre el mundo real. En el centro de la sala vacía estaba su marido, a oscuras, sentado en una vieja silla de madera, con los brazos abiertos en forma de cruz, reía en voz alta. Y no tardó en asomar una pequeña cabeza, como de niña, por uno de sus hombros. Su niña, su hija fallecida, que chillaba alborotada en estado de extrema felicidad. Ella desfalleció, cayó de rodillas, mareada y desquiciada. Todo a su alrededor giraba, no distinguía el techo del suelo, las paredes, el ruido del viento meciendo los árboles en forma de pérfidos lamentos sabiéndose victoriosos de su perverso triunfo. En ese momento su marido se giró hacia ella, con su hija en brazos. Con una mueca en los labios que simulaba una horrenda sonrisa le susurró en voz alta:
- Cariño, ya podemos volver a ser la familia que siempre soñamos.
Y la puerta se cerró a sus espaldas.
Fin.
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