Entre compases de Schubert, y dando sorbos al té más amargo que encontré en la despensa, observo cómo se esconde el sol tras los edificios de este lugar ajeno. Tan ajeno como el sentimiento que me empapa, que me murmura que sólo está aquí para ayudarme, para formar parte de una simbiosis sentimental en la que habrá un solo perjudicado. Me había prometido sosiego tras la tempestad, y lo único que obtengo es una tempestad de otra tonalidad. Las olas me embisten, ingrávidas, con la misma fuerza, y por más que espero al tsunami definitivo que me hunda, sigo meciéndome de babor a estribor, y en lugar de náuseas es la tristeza la que me centrifuga. Hay botes en los que embarcas conscientemente, otros en los que despiertas sin saber cómo has llegado. No funciona cerrar los ojos y revertir lo soñado, la relatividad no tiene validez en este mundo onírico. Es un viaje sin retorno, de eso no me cabe duda. Abandono la isla de la estabilidad, de la quietud, para lanzarme al mar de los huracanes, de la incertidumbre, donde habitan viejos miedos ya olvidados, donde me esperan mis no-amigos del pasado.
La cuestión es, ¿debo remar? ¿No sería más fácil dejarme llevar por la marea, y ser una víctima más de su baile con la luna?
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