El miedo al paso del tiempo, esa funesta sensación tatuada en la piel desde que nacemos. El visible deterioro del cuerpo, la lenta agonía del alma. Irrecuperable fuente de vida, ramificada en infinitos afluentes que no desembocan en ningún lugar. Decisiones que no fueron tomadas, caminos abandonados a medio andar. Y cada mañana levantas con profundos surcos que sabes que no podrás arar, ni cultivar. Calcinados árboles sin frutas, el olor marchito de los días sin luz, de las noches de interminable oscuridad. Devastador y egoísta, absorbe todo lo que anhelas, ni los sueños escapan a ese vórtice antropófago.
Trastoca los matices de colores, convirtiendo el mundo en escalas de grises cada vez más opacas. Distorsiona el reflejo irreal que con sonrisa arcaica nos devuelve el cruel espejo de la vejez.
La impotencia de saberte vencido, de observar como se deslizan los granos de ese reloj de arena primitiva entre tus frágiles dedos.
El mareo que me provoca esta falsa invulnerabilidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario