Hace siete años estaba escondiéndome de los Sanguinarios y demás bestias mutantes del desierto que rodeaba la hostil New Vegas (Fallout). A ritmo de Jazz eso sí.
Desde entonces, acumulo alguna que otra tormenta de arena en mi memoria. Y en las arrugas, que en días como hoy, se sienten más profundas. Ya no solo a ritmo de Jazz, pero siempre con el bajo de fondo.
Hace siete años también estaba tumbado en esta misma habitación, aguantando el calor mezclado con la incertidumbre de un futuro incierto. Hoy solo estoy de paso, a dos días de volver al desierto (no al de los Sanguinarios, al que quema de verdad). A diferencia de entonces, con un objetivo geográfico claro, el resto en temporal eterno. En Chichen Itzá, aunque reincidiendo, no encontré profecía que me guiara. Es posible que tampoco la necesite, y los próximos siete años siga a merced de la arena.
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