Quizás viajar a la velocidad de la luz ralentizará el tiempo en la mente de aquel cowboy del espacio que pidió una Asahi y fideos de soba en el pueblo de la bruma. Cowboy del espacio, cowboy de medianoche, saberse congelado al otro lado del cristal de la cabina, y protegido, y aislado, frente al brillo opaco de la nada como pista de baile de pilotos titilando en toda la gama del espectro visible, invisible. Aristóteles, y el centelleo de sus estrellas. Un Artaud sideral, sin los opiáceos, sin Rimbaud ni Baudelaire. Pero con toda la tragedia de su teatro, solo que 2.0, digital, en la nube (¿sin materia?). Quedar ionizado por la percusión metálica de lo desconocido. Por su ritmo primigenio, latente, como la energía que nunca te aporté, y por eso no cambiaste de fase, de órbita electrónica, y quedaste atrapada aquí, ahí, aquí, y ahí también.
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